¿De verdad de la buena?

Este relato/artículo tiene ya unos añitos, creo que la escribí en 2011 o 2012, pero creo que sigue siendo igual de actual. Espero que os riáis un rato con ella 😉

 

¿DE VERDAD DE LA BUENA?
Hoy he estado hablando de un tema “erótico/festivo” con mi compañero de curro: Los penes, sus tamaños, grosores y colores… Ups pensareis, ¡vaya temita para hablar en el trabajo! pues no… un tema de lo más normal, vamos, un tema del día a día. Después de darle a la lengua durante una horita –tenemos poco trabajo, en efecto- hemos llegado a una conclusión: lo que nos gusta a las mujeres de nuestros protas masculinos cuando leemos nuestras novelas, no se corresponde en absoluto con lo que realmente nos gusta y esperamos de nuestros chicos.
¿No me creéis? Pues os pienso demostrar con argumentos, el por qué de esta afirmación tan categórica.
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Los protas masculinos de nuestras novelas tienen un aguante superior a la media (5/7 “actos amatorios” en una noche es superior incluso a la “alta”), la duración del acto en si es eterna… siempre nos hacen sufrir dos o tres orgasmos antes de satisfacerse ellos mismos (vamos, media hora mínima solo de “mete/saca), así mismo su tiempo de reacción es fulminante (tienen un orgasmo y en menos de cinco minutos ya están con la “antena parabólica” en marcha otra vez), y por supuesto son insaciables (no contentos con 5/7 en una noche, repiten la jugada una y otra vez y otra durante los siete días de la semana) y esto que a nosotras nos pone los ojos como platos, si lo extrapolamos al mundo real, nos pondría “otra cosa” en carne viva, o como poco con escoceduras bastante importantes… y eso por no hablar del coñazo, sip, COÑAZO, que sería estar toda la noche, cada una de las noches de la semana, dale que te pego…
En serio, yo me imagino a mi marido en ese plan A DIARIO, todos los días del año… Y me da un pasmo!
Me imagino la conversación del tercer día a un ritmo de 7 polvos diarios:
-Niño, tate quieto… que HOY tengo sueño…
-Mmm –aquí él me da besos, arrumacos, caricias y me convence.
-Mmm –aquí yo me dejo convencer.
Del cuarto día:
-Niño, tate quieto… que hoy no tengo ganas…
-Mmm –aquí el me da besos etc…
-Pero qué pesadito que estás últimamente…
-mmm –más arrumacos…
-Bueno va… -acto seguido rezaría porque se diera prisa, porque de verdad, que HOY tengo sueño. Pero le pasa como al conejito de duracell… que dura y dura y dura… arggh.
Del quinto día:
-Niño… que te quedes quieto…
-Mmm –ya está dale que te pego con los puñeteros besos, las caricias aburridas y los arrumacos de niño malcriado.
-Que te he dicho que no me apetece…
-Mmm –y dale con los puñeteros arrumacos, este se tiene que estar tomando viagra o algo por el estilo…
-Bueno… pero rapidito –y mientras él se afana yo pienso en si habrá pastillas contra la fogosidad masculina y si se las podré echar en el café sin que se entere…
Del sexto día:
Una hora después de la normal de acostarnos yo sigo sentada en el sillón frente a la tele viendo la película más aburrida del siglo.
-Niña… ¿Nos vamos a la cama? -me pregunta él con ojitos tiernos.
-Nop, que está súper interesante –digo entre bostezos.
-mmm… -él se acerca a mí despacito.
-Uy que no me he quitado el maquillaje, ni tendido la ropa, ni fregado el suelo de la cocina… vete a la cama (tu solito) que en cuanto acabe te acompaño –digo acojonada al verle acercarse con “intenciones”
Hago todo lo que “supuestamente” me he dejado sin hacer y voy a la cama una hora después que él. El muy capullo esta despierto y con la lanza alzada.
-Niña te he echado de menos.
-Uffff -suspiro conmovida por su estoica espera y decido que bueno… que tampoco me hace falta dormir esa noche. Luego, por supuesto, me arrepiento por que la “cuestión” no dura poco. ¡Qué va! Dura toda la santa noche (a ver, 5 polvos no se echan en un ratito)
Del Séptimo día:
Media hora antes de la hora habitual de acostarnos me meto en la cama enfundada con el pijama más feo, viejo y zarrapastroso que tengo…
-Niña… te voy a comer entera.
-Mira capullo, como se te ocurra desenfundar te juro que te cojo la “pistola”, te la arranco y se la echo a la iguana de desayuno –gruño enfadada con una mirada tal que la “pistola” se convierte en pura gelatina ipso facto. Aprovechando esa bendita circunstancia, y antes de que su pene cambié de opinión y decida alzarse en armas, me oculto entre las mantas, lo más pegada posible al extremo de la cama y gruño, cual perro rabioso, avisando de que, sí, MUERDO, y cierro los ojos… «como se le ocurra acercarse lo mato» es mi último pensamiento.
¿En serio queremos chicos como nuestros protas, insaciables, con aguante y muchas, pero muchas ganas, a todas, pero a todas, horas?
Exacto, ya os decía yo que no…
Pero vayamos un poco más allá… hemos hablado de aguante, de duración, y de asiduidad… ahora vayamos a lo puramente físico, los penes.
Los de nuestros protas son grandes, largos, gruesos, imponentes todos ellos… blancos, negros, morados, rosados, con venas, sin venas… vamos, para todos los gustos, tamaños y colores (algunos de hecho, hasta cambian de color, pasando del rosa palo, siguiendo al rojo cereza y acabando en el morado explosión) Hasta ahí todo bien, bueno, bien siempre y cuando te gusten las cosas “grandes”… y seamos sinceras… ¿De verdad nos gustan TAN grandes?

Por poner un ejemplo, en “Pasión” de Lisa Valdez el pene del prota mide unos escalofriantes 27cm. En cualquiera de los de J.R. Ward, el glande cuando están en erección sobrepasa el ombligo (vamos… ni un caballo, probar a medir, mínimo 30cm) Los de Robin Schone rondan los 25cm… Kenyon anda también por esa medida… los que menos no bajan de 22cm… Guau!!! No está nada mal, ¿verdad? Pues no, está PEOR.

 

¿Alguna de vosotras se ha parado a coger un metro y comprobar cuánto son 22/25 o 27 cm? No, ya lo sabía yo. Pues mirad: Una botella de acuarius de un litro (la de toda la vida) mide ni más ni menos que 26 centímetros. Sip, uno menos que el pene de uno de nuestros protas, uno más que el de la mayoría de ellos… para comprobar cuanto son 22cm ir restando un dedo por centímetro… ufffff… incluso los “menos dotados” son… ATERRADORES.

En serio… pensarlo bien… una botella de acuarius “pa´dentro”… ¡Yo no, desde luego! ¡Ni de coña! No sólo no me cabe, es que además me desplazaría todos los demás órganos del cuerpo…  Se me quedaría el estómago a la altura de las tetas, o sea, la tripa a la altura del esternón y las tetas a la altura de la garganta… ufff.

 

Y hablando de gargantas… ¿alguien se plantea hacer una felación hasta el fondo a un pene de ese tamaño? GLUPS.

 

A eso, por supuesto hay que añadir, que si son “largos” también son “gruesos” algunos del tamaño de la muñeca femenina o más… de hecho para describirlos suelen usar la frase: “no se podía abarcar con los dedos de las manos” ¿Eing? O las protagonistas femeninas tienen los dedos muy cortos o las autoras exageran una pizca… pero vamos… una pizquita de ná.

 

Vamos, no solo son tan largos como una botella de acuarius, sino que son igual de gruesos o más. De verdad queremos que los penes de nuestros chicos tengan ese “tamaño” (por llamarlo de alguna manera).En fin, nuestros protas son tremendos, guapísimos y unos verdaderos “macho man” pero yo, sinceramente, me quedo con mi chico, normalito, con una asiduidad normal, una aguante relativo, una reacción post coital en el término medio, y un pene “adecuado” a mis necesidades (básicamente, que no me deje baldada ni ocupe lo que un melón).

1 besote
Noelia

Reflexiones sobre el primer amor

Es curioso esto del primer amor… Yo tenía 11 o 12 años cuando me enamoré por primera vez. Fue en San Juan, en Alicante. Mis padres habían alquilado un piso en una urbanización para pasar el mes de vacaciones, y había muchacho allí un año o dos mayor que yo, también de vacaciones, que me parecía guapísimo, con una melenita rubia y lisa que me chiflaba (y que aún hoy sigue siento mi peinado favorito para los chicos), alto (aunque en retrospectiva creo que no lo era tanto, porque me sacaba una cabeza y yo, en aquella época no era muy alta), delgado y risueño. Y siempre estaba rodeado de amigos.

Era la primera vez que mi familia y yo veraneábamos allí y no conocía a nadie, y como encima era una tímida recalcitrante, me pasaba las tardes en la piscina, sola (con mis padres y mi hermano), mirándolo con disimulo por el rabillo del ojo mientras escuchaba Thriller de Michael Jackson (y Smoooth Criminal, Human Nature y Billy Jean) en un radiocasete de los antiguos (que en ese momento era de lo más moderno que había), de esos que iban con cinta y que cuando se acababan las pilas se ralentizaba la canción y parecía que cantaba un borracho sin fuerzas.

Cuando sonaba esta canción, Thriller, el chavalín miraba en mi dirección y cerraba los ojos, como si estuviera muy atento a la música y la disfrutara tanto como yo. Así que yo me pasaba el día rebobinando la cinta y poniendo la canción de marras (a un volumen que según mi madre no había quien aguantara, pero claro, yo quería que él la escuchara y estaba a unos metros de distancia).

Y la cuestión es que, un día que mi madre bajó un poco más tarde a la piscina, el chaval se acercó a mí (¡¡A mí!!) y me preguntó si me gustaba Michael Jackson… (como para no gustarme, oía Thriller una media de 20 veces al día!). Por supuesto le dije que me volvía loca (Michael Jackson. A ver, él también, pero eso no se lo iba a decir). Y él me confesó que era fan total de Jackson, y que también le gustaban Duran Duran… ¡Y a mí! Y Spandau Ballet y Culture Club y Queen… y así pasamos la tarde, charlando de música. Y escuchando Thriller una y otra vez.

Sus amigos se unieron a nosotros al cabo de un rato y mi soledad autoimpuesta por culpa de mi timidez se acabó, porque ahora pertenecía a una pandilla.

Los pocos días que me quedaban de vacaciones los pasé en la piscina (menos las mañanas que tenía que bajar a la playa con mis padres), con ellos, escuchando a Michael Jackson, y a muchos otros grupos más.

Y lo curioso es que no recuerdo el nombre del chico, ni su cara, ni el color de sus ojos, ni si tenía los dientes torcidos o las orejas grandes. Pero, cada vez que escucho Thriller recuerdo el sol en la cara, el olor a cloro de la piscina, el frescor de la hierba y las risas, la ilusión y el despertar a la vida de un verano de hace 35 años.