Reflexiones sobre el primer amor

Es curioso esto del primer amor… Yo tenía 11 o 12 años cuando me enamoré por primera vez. Fue en San Juan, en Alicante. Mis padres habían alquilado un piso en una urbanización para pasar el mes de vacaciones, y había muchacho allí un año o dos mayor que yo, también de vacaciones, que me parecía guapísimo, con una melenita rubia y lisa que me chiflaba (y que aún hoy sigue siento mi peinado favorito para los chicos), alto (aunque en retrospectiva creo que no lo era tanto, porque me sacaba una cabeza y yo, en aquella época no era muy alta), delgado y risueño. Y siempre estaba rodeado de amigos.

Era la primera vez que mi familia y yo veraneábamos allí y no conocía a nadie, y como encima era una tímida recalcitrante, me pasaba las tardes en la piscina, sola (con mis padres y mi hermano), mirándolo con disimulo por el rabillo del ojo mientras escuchaba Thriller de Michael Jackson (y Smoooth Criminal, Human Nature y Billy Jean) en un radiocasete de los antiguos (que en ese momento era de lo más moderno que había), de esos que iban con cinta y que cuando se acababan las pilas se ralentizaba la canción y parecía que cantaba un borracho sin fuerzas.

Cuando sonaba esta canción, Thriller, el chavalín miraba en mi dirección y cerraba los ojos, como si estuviera muy atento a la música y la disfrutara tanto como yo. Así que yo me pasaba el día rebobinando la cinta y poniendo la canción de marras (a un volumen que según mi madre no había quien aguantara, pero claro, yo quería que él la escuchara y estaba a unos metros de distancia).

Y la cuestión es que, un día que mi madre bajó un poco más tarde a la piscina, el chaval se acercó a mí (¡¡A mí!!) y me preguntó si me gustaba Michael Jackson… (como para no gustarme, oía Thriller una media de 20 veces al día!). Por supuesto le dije que me volvía loca (Michael Jackson. A ver, él también, pero eso no se lo iba a decir). Y él me confesó que era fan total de Jackson, y que también le gustaban Duran Duran… ¡Y a mí! Y Spandau Ballet y Culture Club y Queen… y así pasamos la tarde, charlando de música. Y escuchando Thriller una y otra vez.

Sus amigos se unieron a nosotros al cabo de un rato y mi soledad autoimpuesta por culpa de mi timidez se acabó, porque ahora pertenecía a una pandilla.

Los pocos días que me quedaban de vacaciones los pasé en la piscina (menos las mañanas que tenía que bajar a la playa con mis padres), con ellos, escuchando a Michael Jackson, y a muchos otros grupos más.

Y lo curioso es que no recuerdo el nombre del chico, ni su cara, ni el color de sus ojos, ni si tenía los dientes torcidos o las orejas grandes. Pero, cada vez que escucho Thriller recuerdo el sol en la cara, el olor a cloro de la piscina, el frescor de la hierba y las risas, la ilusión y el despertar a la vida de un verano de hace 35 años.